Kitian
04-06-2007, 14:26:20
Cachureando por la red, encontré esta entrevista a Carlos Altamirano Orrego, senador socialista en la época de la UP. Pese a que fue publicada por La Nación Domingo hace un par de años atrás, Altamirano recurda a todos los hechos ocurridos antes y después del derrocamiento de Allende y la instauración de la dictadura de Pinochet. Dejo abierta la tribuna.
Carlos Altamirano
"Nunca me hubiera entregado vivo”
A los 81 años sigue siendo un buen conversador el político de la Unidad Popular más buscado por los militares después del Once. Carlos Altamirano Orrego asumió que “mientras yo sea el gran culpable del fracaso de Allende, todos los demás pueden dormir tranquilos”.
Sigmund Nacion Domingo
-No muchos saben que fue campeón sudamericano de salto alto, en Santiago 1946.
-Ese torneo es recordado como el sudamericano de Mario Recordón, el decatleta que alcanzó una victoria apoteósica en el Estadio Nacional: 80 mil personas iluminaron la noche con antorchas de diarios y revistas.
-En salto alto hubo un triple empate con el argentino Antonio Barrionuevo y Alfredo Jadresic.
-Todos con 1,90 m. Obtuve el primer lugar porque había empezado a saltar desde 1,70 m. y sin botar la varilla. Al sudamericano siguiente, en Brasil, ganó Jadresic, con quien nos conocíamos desde la Universidad de Chile, donde él estudiaba Medicina y yo, Derecho. Somos amigos y nos visitamos hasta hoy.
-Usted saltaba de costado con el estilo Osborne, anterior al ventral del soviético Valery Brumel y al de espalda del estadounidense Bob Fosbury.
-Estaba prohibido saltar pasando la cabeza primero, porque los americanos determinaron que eso era acrobático. Con el estilo Osborne mi mejor marca fue 1,96 m.; pienso que con el estilo flop de Fosbury, que facilita romper la ley de gravedad, yo habría saltado más de dos metros.
-Tras el 11 de septiembre de 1973 salvó su vida gracias a su pasado de atleta.
-Un atardecer me encontraba en una casa y llegaron a allanarla. Salté un muro que daba a los vecinos, brinqué a un parrón que tenía muchas hojas de parra y me oculté ahí sin moverme. Los militares alumbraron con linternas, pero las hojas me taparon.
-No fue la única oportunidad en que tuvo que trepar.
-Me hallaba en la calle Portugal y también llegaron a allanar el departamento. Salté al entretecho, me acosté en medio de unas vigas de 40 centímetros que me protegían, sentí algo raro en la cabeza y otra vez los militares ocuparon linternas. Cuando se retiraron descubrí con un asco atroz que se trataba de un gato muerto...
-¿Cómo se manifestaba su miedo?
-En ese minuto no sentía susto, sólo me preocupaba salvar la vida y esconderme lo mejor posible. En otra ocasión me trasladaba en un vehículo y una patrulla nos detuvo.
-¿Era creyente?
-No lo era y no lo soy ahora tampoco, pero realmente esa salvación pareció un milagro.
-¿Tenía claro que si lo hubieran capturado lo habrían cortado en pedacitos y utilizado un lanzallamas?
-Desde el primer minuto del golpe de Estado supe muy claramente mi futuro: si yo caía se encargarían de hacerme sufrir el máximo y por lo tanto no me entregaría vivo.
-¿Se refugió en el mismo sector que Miguel Enríquez, el líder del MIR?
-Miguel Enríquez se enteró de que yo estaba en una casa del barrio, pero no sabía bien cuál era la calle. Al llegar Miguel, un niño le dijo: “Usted busca a Carlos Altamirano. Esa es la casa”. ¡Absurdo! En segundos un niño de 8 ó 10 años nos había reconocido a los dos...
-¿Es cierto que se tiñó el cabello de colorín?
-Nunca estuve más de una noche en el mismo lugar, salvo la última semana antes de salir de Chile que la pasé en casa del compañero Víctor Urbina. Por sugerencia de su esposa, Ximena, me teñí el pelo de colorín. El resultado fue bastante deplorable y llamaba más la atención.
-Con 1,81 m. de estatura y 59 kilos salió de Chile escondido en la maletera de un automóvil a Mendoza. Ahí también lo salvó su pasado de deportista.
-Ese fue el peor momento, porque tengo temor a la claustrofobia. Iba encogido en el fondo de la maletera, detrás de una madera tapada con muchos maletines de un supuesto vendedor de remedios.
-¿Cuál fue su ruta después de Buenos Aires?
-Berlín, República Democrática Alemana; Madrid, España, y La Habana, Cuba. Nunca me subí a ningún barco ni bote, como anduvo circulando la versión.
-¿Cómo fue el episodio con Armando Fernández Larios?
-Mi esposa, Paulina Voillier, era agregada cultural en Inglaterra y después del golpe se quedó en Londres. A su pequeño departamento llegó dos veces un joven muy amable con el cuento de que el partido le había encargado mi seguridad. Después lo reconoció: era Fernández Larios.
-¿Y el capítulo con Michael Townley?
-Yo estaba en el aeropuerto de Barajas, Madrid, y Rafael Tarud gritó ni nombre. Me di vuelta bruscamente y choqué con un tipo alto y macizo, al que se le cayó el maletín. Esto lo contó el propio Townley. Habló por teléfono pidiendo instrucciones y le ordenaron ir a Roma a asesinar a Bernardo Leighton, porque era “más fácil que matar un pajarito”.
-¿Qué se siente saber que uno está viviendo de yapa?
-Es una sensación placentera y vivir en Europa era maravilloso, aunque permanentemente la Inteligencia francesa, alemana democrática y española me avisaba de que intentarían asesinarme.
-¿Advirtió a Orlando Letelier y a Carlos Prats de que atentarían contra sus vidas?
-Sí. Letelier me contestó que cuando viajaba él tomaba las mismas precauciones que yo y que en Estados Unidos no sería posible asesinarlo sin el consentimiento de la CIA...
-¿Cuántas veces le han enrostrado su discurso del 9 de septiembre de 1973 en el Estadio Chile?
-¡Mil veces! Es un discurso demonizado que lo escuchó el 0,001 por ciento de los chilenos y que nadie ha visto escrito. ¡Yo no me puedo encontrar con él! El propio Pinochet lo desmintió al decir que había preparado el golpe con un año de anticipación, lo que es mentira porque Pinochet se sumó en las últimas 24 horas.
-¿Escribirá sus memorias?
-No. Decidí no hacerlo, porque la estricta verdad es tan distinta a la popularizada en el sentido común que, como se sabe, es el menos común de los sentidos.
-¿Cuál es su análisis de la Unidad Popular?
-(Piensa) Con los años y repasando mil veces sobre lo que se hizo bien y mal... lo que no se hizo y lo que no se pudo hacer... mi conclusión es que una revolución es una irrealidad, más en Chile donde jamás las clases dominantes aceptarán ser expropiadas en los campos, los bancos y las minas.
-¿Una aventura imposible?
-Como diría Marx en relación con París en 1870, donde la revolución duró 10 ó 20 días, fue “un asalto al cielo”. Lo nuestro se asemejó a un asalto al cielo.
Carlos Altamirano
"Nunca me hubiera entregado vivo”
A los 81 años sigue siendo un buen conversador el político de la Unidad Popular más buscado por los militares después del Once. Carlos Altamirano Orrego asumió que “mientras yo sea el gran culpable del fracaso de Allende, todos los demás pueden dormir tranquilos”.
Sigmund Nacion Domingo
-No muchos saben que fue campeón sudamericano de salto alto, en Santiago 1946.
-Ese torneo es recordado como el sudamericano de Mario Recordón, el decatleta que alcanzó una victoria apoteósica en el Estadio Nacional: 80 mil personas iluminaron la noche con antorchas de diarios y revistas.
-En salto alto hubo un triple empate con el argentino Antonio Barrionuevo y Alfredo Jadresic.
-Todos con 1,90 m. Obtuve el primer lugar porque había empezado a saltar desde 1,70 m. y sin botar la varilla. Al sudamericano siguiente, en Brasil, ganó Jadresic, con quien nos conocíamos desde la Universidad de Chile, donde él estudiaba Medicina y yo, Derecho. Somos amigos y nos visitamos hasta hoy.
-Usted saltaba de costado con el estilo Osborne, anterior al ventral del soviético Valery Brumel y al de espalda del estadounidense Bob Fosbury.
-Estaba prohibido saltar pasando la cabeza primero, porque los americanos determinaron que eso era acrobático. Con el estilo Osborne mi mejor marca fue 1,96 m.; pienso que con el estilo flop de Fosbury, que facilita romper la ley de gravedad, yo habría saltado más de dos metros.
-Tras el 11 de septiembre de 1973 salvó su vida gracias a su pasado de atleta.
-Un atardecer me encontraba en una casa y llegaron a allanarla. Salté un muro que daba a los vecinos, brinqué a un parrón que tenía muchas hojas de parra y me oculté ahí sin moverme. Los militares alumbraron con linternas, pero las hojas me taparon.
-No fue la única oportunidad en que tuvo que trepar.
-Me hallaba en la calle Portugal y también llegaron a allanar el departamento. Salté al entretecho, me acosté en medio de unas vigas de 40 centímetros que me protegían, sentí algo raro en la cabeza y otra vez los militares ocuparon linternas. Cuando se retiraron descubrí con un asco atroz que se trataba de un gato muerto...
-¿Cómo se manifestaba su miedo?
-En ese minuto no sentía susto, sólo me preocupaba salvar la vida y esconderme lo mejor posible. En otra ocasión me trasladaba en un vehículo y una patrulla nos detuvo.
-¿Era creyente?
-No lo era y no lo soy ahora tampoco, pero realmente esa salvación pareció un milagro.
-¿Tenía claro que si lo hubieran capturado lo habrían cortado en pedacitos y utilizado un lanzallamas?
-Desde el primer minuto del golpe de Estado supe muy claramente mi futuro: si yo caía se encargarían de hacerme sufrir el máximo y por lo tanto no me entregaría vivo.
-¿Se refugió en el mismo sector que Miguel Enríquez, el líder del MIR?
-Miguel Enríquez se enteró de que yo estaba en una casa del barrio, pero no sabía bien cuál era la calle. Al llegar Miguel, un niño le dijo: “Usted busca a Carlos Altamirano. Esa es la casa”. ¡Absurdo! En segundos un niño de 8 ó 10 años nos había reconocido a los dos...
-¿Es cierto que se tiñó el cabello de colorín?
-Nunca estuve más de una noche en el mismo lugar, salvo la última semana antes de salir de Chile que la pasé en casa del compañero Víctor Urbina. Por sugerencia de su esposa, Ximena, me teñí el pelo de colorín. El resultado fue bastante deplorable y llamaba más la atención.
-Con 1,81 m. de estatura y 59 kilos salió de Chile escondido en la maletera de un automóvil a Mendoza. Ahí también lo salvó su pasado de deportista.
-Ese fue el peor momento, porque tengo temor a la claustrofobia. Iba encogido en el fondo de la maletera, detrás de una madera tapada con muchos maletines de un supuesto vendedor de remedios.
-¿Cuál fue su ruta después de Buenos Aires?
-Berlín, República Democrática Alemana; Madrid, España, y La Habana, Cuba. Nunca me subí a ningún barco ni bote, como anduvo circulando la versión.
-¿Cómo fue el episodio con Armando Fernández Larios?
-Mi esposa, Paulina Voillier, era agregada cultural en Inglaterra y después del golpe se quedó en Londres. A su pequeño departamento llegó dos veces un joven muy amable con el cuento de que el partido le había encargado mi seguridad. Después lo reconoció: era Fernández Larios.
-¿Y el capítulo con Michael Townley?
-Yo estaba en el aeropuerto de Barajas, Madrid, y Rafael Tarud gritó ni nombre. Me di vuelta bruscamente y choqué con un tipo alto y macizo, al que se le cayó el maletín. Esto lo contó el propio Townley. Habló por teléfono pidiendo instrucciones y le ordenaron ir a Roma a asesinar a Bernardo Leighton, porque era “más fácil que matar un pajarito”.
-¿Qué se siente saber que uno está viviendo de yapa?
-Es una sensación placentera y vivir en Europa era maravilloso, aunque permanentemente la Inteligencia francesa, alemana democrática y española me avisaba de que intentarían asesinarme.
-¿Advirtió a Orlando Letelier y a Carlos Prats de que atentarían contra sus vidas?
-Sí. Letelier me contestó que cuando viajaba él tomaba las mismas precauciones que yo y que en Estados Unidos no sería posible asesinarlo sin el consentimiento de la CIA...
-¿Cuántas veces le han enrostrado su discurso del 9 de septiembre de 1973 en el Estadio Chile?
-¡Mil veces! Es un discurso demonizado que lo escuchó el 0,001 por ciento de los chilenos y que nadie ha visto escrito. ¡Yo no me puedo encontrar con él! El propio Pinochet lo desmintió al decir que había preparado el golpe con un año de anticipación, lo que es mentira porque Pinochet se sumó en las últimas 24 horas.
-¿Escribirá sus memorias?
-No. Decidí no hacerlo, porque la estricta verdad es tan distinta a la popularizada en el sentido común que, como se sabe, es el menos común de los sentidos.
-¿Cuál es su análisis de la Unidad Popular?
-(Piensa) Con los años y repasando mil veces sobre lo que se hizo bien y mal... lo que no se hizo y lo que no se pudo hacer... mi conclusión es que una revolución es una irrealidad, más en Chile donde jamás las clases dominantes aceptarán ser expropiadas en los campos, los bancos y las minas.
-¿Una aventura imposible?
-Como diría Marx en relación con París en 1870, donde la revolución duró 10 ó 20 días, fue “un asalto al cielo”. Lo nuestro se asemejó a un asalto al cielo.