kharas
03-08-2007, 20:25:32
Los millones van y vienen en los reportajes de la prensa chilena. Son cifras en
pesos o en dólares, y aunque no dan lo mismo, siempre son millones y millones.
Los millones que ganan los miembros de la nueva y de la antigua Justicia; los que cuesta el maletín literario; los implicados en parchar el Transantiago; los que pagó Piñera como multa; los que han recibido de Gendarmería, y por trabajos altamente cualificados, diversos funcionarios estatales; y los US 1.386 millones que se han repartido a todos los que alegan causas contra el Gobierno militar (¿no habrá alguna persona en común respecto de estas últimas dos asignaciones?); los millones que vale la negociación de Codelco y los que ya había perdido la empresa por las huelgas; los que mueven en diversas poblaciones los ex microtraficantes, hoy reyes de la droga; los que cuesta esa nueva autopista o aquel futuro mall; los que asignó Chiledeportes a planes y programas de intensa actividad física electoral; los que reportó la venta del Chupetes.
¿Danzas de millones, farras de millones? No necesariamente ni una cosa ni la otra, aunque en algunos de esos casos efectivamente ha habido danzas y farras, frivolidades y robos. En otras de esas situaciones, los millones son simplemente la legítima medida de los acuerdos de voluntades.
¿Quién podría estar en contra de la suma de activos que se expresa en millones?
El problema es cómo los millones ocultan a los simples pesos, porque la vida publicitada en los medios de comunicación tiene hoy muchos ceros, pero la realidad de la inmensa mayoría de los chilenos es de pocos unos. Nos hablan en millones, pero vivimos en simple pesos. Sí, casi todos los bienes que compramos o los servicios por los que pagamos, valen sólo cientos o miles de pesos. Sacar a cien, sacar a mil; todo a quinientos, todo a mil; no, no puedo, no me alcanza, suelen decir muchos compatriotas incluso dentro de esos rangos, cuando la cifra excede el presupuesto diario.
Mientras tanto, los millones van y vienen, con su efecto cautivante. Y en consecuencia, dos segmentos de la población quedan especialmente expuestos a la tensión entre millones posibles y pesos reales: por una parte, los sectores medios, cuyas aspiraciones de consumo y bienestar son llevadas al infinito por los millones que eventualmente podrían ganar; y, por otra, los jóvenes de las familias con los mayores ingresos, cautivados por las platas millonarias que sus progenitores efectivamente aportan.
Para los primeros, el peligro de la envidia y la frustración; para los segundos, el
riesgo de la desubicación y la dilapidación.
La Tercera nos lo ha dicho en un reportaje reciente: "Los jóvenes valoran que los hombres hacen lo que desean sin pedir permiso y que su solvencia financiera les permite resolver problemas". Para eso, obviamente hay que tener millones; y los jóvenes piden parte de esos millones; y los padres millonarios trasladan en cuotas sus millones a los bolsillos de sus hijuelos; mientras tanto, los muchachos de sectores medios se preguntan con envidia incontenible: ¿y porqué yo no?
Una o dos generaciones atrás (atrás, sí, porque sólo cabe dar ejemplos para atrás) oíamos con frecuencia de nuestros padres: Ud. está loco, ud. no tiene idea lo que cuesta eso, ud. no sabe lo que valen las cosas y lo que cuesta ganarse la plata. Y nos pasaban módicas mesadas, para módicos panoramas.
En medio de estas cifras millonarias actuales viene bien recordar a Solyenitsin: "Si no aprendemos a limitar drásticamente nuestros deseos y demandas y subordinar nuestros intereses a criterios morales, nosotros, la humanidad, sencillamente nos desgarraremos, ya que los peores aspectos de la naturaleza humana sacarán a relucir sus colmillos."
Mesadas en pesos, en pocos pesos; y gastos controlados.
Es interesante notar como traslada el ciclón millonario del gobierno a la vida diaria de las personas. Y tiene razón. El problema no es sólo el gobierno, la sociedad, en particular los sectores altos (aunque los medios no lo hacen nada de mal) están muy mal educados económicamente hablando, mientras que las generaciones anteriores luchan por mantener o mejorar lo ya logrado.
El pobre lógicamente tiene problemas de administración económica, después de todo, es pobre y por eso mismo no tiene la experiencia de otros. Es loable por ello quienes, al ganar premios de azar, o por su propio esfuerzo, salen de la pobreza y no vuelven a caer en ella, pero, ¿y quienes tenemos la suerte de vivir un poco mejor? No lo hacemos nada de bien. El consumismo es tal que artículos accesorios como las bebidas han pasado a ser esenciales. Lo cual, obviamente, afecta un correcto manejo de la economía casera.
¿Carrete de fin de semana? Se de quienes gastan 10, 15 lucas y más; túpido y parejo, y es entendible que haya quienes dicen ¿y yo? ¿maní?.
Es importante mejorar la educación económica, algo que desestimule el consumismo exagerado, vicio derivado de un capitalismo mal comprendido por segmentos sociales completos. Cuidado, que si hay algo peligroso para un sistema determinado, son los privilegiados en desgracia, príncipes desheredados que causaban guerras civiles, nobles caídos que a punta de populismo causaban problemas administrativos, burgueses renegados que se unían a la revolución para intentar mantener algún privilegio, y numerosos casos similares... no vaya a ser que exista una clase "ex-rica" en el futuro, que mueva influencias y se transforme en el dolor de cabeza del país? Cuidado con el descontento abajo, dirían tradicionalmente los analistas sociales, yo les digo, arriba también, y arriba menos pueden causar más daño. A la sociedad hay que cuidarla en conjunto, y educar a los jóvenes es parte de ello.
La actual oligofrenia de la juventud debe llegar a su fin. ¿Es sano que niñitos de 9 años organicen cumpleaños carrete hasta bien avanzada la noche? Pues ayer acabo de darme cuenta que existen tales aberraciones...!!! Debe haber algo que ponga fin a ese imperio que tiene el carrete nocturno en niños cada vez menores como forma de entretención social.
pesos o en dólares, y aunque no dan lo mismo, siempre son millones y millones.
Los millones que ganan los miembros de la nueva y de la antigua Justicia; los que cuesta el maletín literario; los implicados en parchar el Transantiago; los que pagó Piñera como multa; los que han recibido de Gendarmería, y por trabajos altamente cualificados, diversos funcionarios estatales; y los US 1.386 millones que se han repartido a todos los que alegan causas contra el Gobierno militar (¿no habrá alguna persona en común respecto de estas últimas dos asignaciones?); los millones que vale la negociación de Codelco y los que ya había perdido la empresa por las huelgas; los que mueven en diversas poblaciones los ex microtraficantes, hoy reyes de la droga; los que cuesta esa nueva autopista o aquel futuro mall; los que asignó Chiledeportes a planes y programas de intensa actividad física electoral; los que reportó la venta del Chupetes.
¿Danzas de millones, farras de millones? No necesariamente ni una cosa ni la otra, aunque en algunos de esos casos efectivamente ha habido danzas y farras, frivolidades y robos. En otras de esas situaciones, los millones son simplemente la legítima medida de los acuerdos de voluntades.
¿Quién podría estar en contra de la suma de activos que se expresa en millones?
El problema es cómo los millones ocultan a los simples pesos, porque la vida publicitada en los medios de comunicación tiene hoy muchos ceros, pero la realidad de la inmensa mayoría de los chilenos es de pocos unos. Nos hablan en millones, pero vivimos en simple pesos. Sí, casi todos los bienes que compramos o los servicios por los que pagamos, valen sólo cientos o miles de pesos. Sacar a cien, sacar a mil; todo a quinientos, todo a mil; no, no puedo, no me alcanza, suelen decir muchos compatriotas incluso dentro de esos rangos, cuando la cifra excede el presupuesto diario.
Mientras tanto, los millones van y vienen, con su efecto cautivante. Y en consecuencia, dos segmentos de la población quedan especialmente expuestos a la tensión entre millones posibles y pesos reales: por una parte, los sectores medios, cuyas aspiraciones de consumo y bienestar son llevadas al infinito por los millones que eventualmente podrían ganar; y, por otra, los jóvenes de las familias con los mayores ingresos, cautivados por las platas millonarias que sus progenitores efectivamente aportan.
Para los primeros, el peligro de la envidia y la frustración; para los segundos, el
riesgo de la desubicación y la dilapidación.
La Tercera nos lo ha dicho en un reportaje reciente: "Los jóvenes valoran que los hombres hacen lo que desean sin pedir permiso y que su solvencia financiera les permite resolver problemas". Para eso, obviamente hay que tener millones; y los jóvenes piden parte de esos millones; y los padres millonarios trasladan en cuotas sus millones a los bolsillos de sus hijuelos; mientras tanto, los muchachos de sectores medios se preguntan con envidia incontenible: ¿y porqué yo no?
Una o dos generaciones atrás (atrás, sí, porque sólo cabe dar ejemplos para atrás) oíamos con frecuencia de nuestros padres: Ud. está loco, ud. no tiene idea lo que cuesta eso, ud. no sabe lo que valen las cosas y lo que cuesta ganarse la plata. Y nos pasaban módicas mesadas, para módicos panoramas.
En medio de estas cifras millonarias actuales viene bien recordar a Solyenitsin: "Si no aprendemos a limitar drásticamente nuestros deseos y demandas y subordinar nuestros intereses a criterios morales, nosotros, la humanidad, sencillamente nos desgarraremos, ya que los peores aspectos de la naturaleza humana sacarán a relucir sus colmillos."
Mesadas en pesos, en pocos pesos; y gastos controlados.
Es interesante notar como traslada el ciclón millonario del gobierno a la vida diaria de las personas. Y tiene razón. El problema no es sólo el gobierno, la sociedad, en particular los sectores altos (aunque los medios no lo hacen nada de mal) están muy mal educados económicamente hablando, mientras que las generaciones anteriores luchan por mantener o mejorar lo ya logrado.
El pobre lógicamente tiene problemas de administración económica, después de todo, es pobre y por eso mismo no tiene la experiencia de otros. Es loable por ello quienes, al ganar premios de azar, o por su propio esfuerzo, salen de la pobreza y no vuelven a caer en ella, pero, ¿y quienes tenemos la suerte de vivir un poco mejor? No lo hacemos nada de bien. El consumismo es tal que artículos accesorios como las bebidas han pasado a ser esenciales. Lo cual, obviamente, afecta un correcto manejo de la economía casera.
¿Carrete de fin de semana? Se de quienes gastan 10, 15 lucas y más; túpido y parejo, y es entendible que haya quienes dicen ¿y yo? ¿maní?.
Es importante mejorar la educación económica, algo que desestimule el consumismo exagerado, vicio derivado de un capitalismo mal comprendido por segmentos sociales completos. Cuidado, que si hay algo peligroso para un sistema determinado, son los privilegiados en desgracia, príncipes desheredados que causaban guerras civiles, nobles caídos que a punta de populismo causaban problemas administrativos, burgueses renegados que se unían a la revolución para intentar mantener algún privilegio, y numerosos casos similares... no vaya a ser que exista una clase "ex-rica" en el futuro, que mueva influencias y se transforme en el dolor de cabeza del país? Cuidado con el descontento abajo, dirían tradicionalmente los analistas sociales, yo les digo, arriba también, y arriba menos pueden causar más daño. A la sociedad hay que cuidarla en conjunto, y educar a los jóvenes es parte de ello.
La actual oligofrenia de la juventud debe llegar a su fin. ¿Es sano que niñitos de 9 años organicen cumpleaños carrete hasta bien avanzada la noche? Pues ayer acabo de darme cuenta que existen tales aberraciones...!!! Debe haber algo que ponga fin a ese imperio que tiene el carrete nocturno en niños cada vez menores como forma de entretención social.